Nuestro Punto de Vista (por Emile Armand)

Nuestro Punto de Vista
(por Emile Armand)

nota: Para Emile Armand un individuo no debería romper un acuerdo sin el consentimientos de los acordados (ética); Martucci sostiene que esa idea es una restricción a la libertad individual – si uno tiene la fuerza o el poder, por beneficio o interés, de asociarse y acordar con otros individuos debería también poder, por beneficio o interés, abandonar dicha asociación o romper dicho acuerdo. Esta es una correspondencia de 1946 que gira en torno a este tema.

En la sección de Correspondencia, encontrará la mayor parte de una carta de Enzo Martucci, el ex compañero de Renzo Novatore, que un tema que se discutió en L’EnDehors. El individualismo italiano, tan fuertemente imbuido de ilegalismo, el Iconoclasta, todo esto nos hace retroceder veinticinco años. Durante este cuarto de siglo, ¡cuantos eventos han tenido lugar! A fin de cuentas, creo que los temperamentos cual Renzo Novatore son excepciones y no depende de nadie aconsejar a nadie que los emule o que use su ejemplo para forjar una regla de vida.

Aquí es donde tenemos que cuestionarnos y preguntarnos qué queremos decir, en l’Unique, por individualismo anarquista. No pretendemos ser irracionalistas o irracionales; al contrario, nos enorgullecemos de utilizar nuestra razón y nuestra voluntad para negarnos a dejarnos llevar por la corriente de nuestras llamadas inclinaciones naturales. Nuestro anarquismo, nuestra negación de la necesidad de la intervención estatal para dirigir y arbitrar las relaciones humanas, se basa en la reflexión y el examen de los resultados que esta intervención ha logrado hasta ahora. Y nos mantenemos fieles al significado etimológico de la palabra an-archie, que de ninguna manera hacemos sinónimo de “desorden”. Una sociedad an-arquista es una sociedad sin gobierno, pero no un medio social cuyos electores, armados hasta los dientes, se amenazan entre sí y obtienen seguridad solo por miedo a inspirarse mutuamente. Esto es lo que está sucediendo con las sociedades de arquistas actuales y, personalmente, no veo qué beneficio obtiene el individuo de ello. Pero no solo somos an-arquistas, somos individualistas y nuestro individualismo es un individualismo de resistencia – 1 ° a nuestros instintos, pasiones, apetitos, etc. campo de conocimiento, campo de actividad de aquellos con quienes viajamos, en otros palabras nuestros amigos o nuestros camaradas, los de “nuestro mundo”; 2 ° a la influencia del medio humano actual que nos rodea y que, por todos los medios, pretende obligarnos a aceptar y adoptar sus aspiraciones sociales y políticas, sus prejuicios religiosos y morales, su esnobismo literario y artístico, sus diversiones y sus distracciones más a menudo estúpidas, su culto al dinero, su conformismo de rebaño, en fin. Todo ese autor cristalizado del hecho estatista.

No se trata aquí de la simpatía que nos inspira un Renzo Novatore -por citar solo este ejemplo- de tipo verdaderamente inusual, que no pensamos negar, como tampoco todos los que caen víctimas de la venganza de la organización gubernamental. La cuestión es saber si, bajo su apariencia dionisíaca (!), la atracción hacia lo pervertido, la travesura, lo monstruoso, lo atroz, etc., no es signo de morbosidad cerebral, de pérdida de la voluntad, debilidad reactiva. etc. Mientras se limite a la literatura, al arte, nada que objetar: puede ser interesante, entretenido, estimulante. Pero admito que para establecer y mantener relaciones fructíferas y enriquecedoras para mi ego, prefiero al individualista de mente y cuerpo sano, reflexivo, equilibrado, que no tenga necesidad de leyes, convenciones aceptadas, mentiras sociales, prejuicios morales para crear una línea de conducta, una ética personal que practicará a pesar de circunstancias adversas, hostilidad o indiferencia ambiental, incluso la incomprensión de sus familiares – línea de conducta basada en la discriminación a realizar entre lo que conviene preservar o rechazar en cuanto a los sentimientos que le agitan o las pasiones que le solicitan – ética centrada en las repercusiones y las consecuencias de sus acciones con respecto a sus amigos o camaradas.

Pues postulamos que existe “la sociedad” -la asociación- anarquista individualista, que es un hecho, que está integrada por todos aquellos que, considerados individualmente, niegan la necesidad de la intervención del Estado para arreglar sus asuntos y conseguir que respeten los acuerdos que puedan hacer. Yo añadiría que -en lo que a nosotros respecta, dado el actual estado moral y social de las cosas- esta “sociedad” individualista-an-arquista se entiende especialmente desde el punto de vista de las ideas – reúne a todos aquellos en quienes, en todos los lugares, se encuentra la misma actitud negativa y resistente hacia la realidad estatista, de acción gubernamental, política partidista y así.

Y añadiría que a los “individualistas a nuestra manera” lo que nos interesa sobre todo -por el momento- no es tanto el “hecho económico” sino la posibilidad de conducirnos, éticamente hablando, como mejor nos parezca – dar a conocer y expresar abierta y públicamente nuestro pensamiento, por lo tanto nuestra crítica o nuestra oposición, y esto sin tener que temer ninguna censura (ya sea de habla, imprenta, arte en todas sus manifestaciones, etc.) – la posibilidad de unirnos, de asociarnos para todo tipo de fines útiles o placenteros, ya que se nos prohíbe invadir la actividad de asociaciones ajenas a la nuestra o interferir en su funcionamiento.

* * *

Aquí está entonces “el individualista a nuestra manera”, habiendo tomado conciencia de sí mismo, convertido en dueño de sí mismo, negándose a ser esclavo de pasiones, impulsos, sentimientos, que él no controlaría. La ocasión puede presentarse cuando pasa de la teoría a la práctica, es decir, cuando mantiene relaciones distintas a las ideológicas con sus compañeros, sus amigos. ¿En qué los basará? Sobre el contrato recíproco. El egoísmo, dice Stirner, exige la reciprocidad (Gegenseitigkeit). Dar, dar (wie Du Mir, so Ich Dir, literalmente: Tú a Mi, como Yo a Ti) “Tú no eres para mí más que un alimento; de igual modo, tú también me consumes y me haces servir para tu uso” (Du bist für Mich nichts als – meine Speis- gleich wie auch Ich von Dir verspeiset und verbraucht werde). Si es incapaz de concluir el contrato, el entendimiento recíproco, conserve entre nosotros solo información ideológica, no se aventure en el ámbito de las relaciones.

Enzo Martucci se opone en su carta, a nuestras tesis sobre familias elegidas, que proscribe el incumplimiento unilateral (o por voluntad de uno) de la promesa u obligación. Nunca se me ocurrió pensar en estas tesis como algo más que proposiciones. Somos libres de suscribirnos o no, de rechazar la adhesión moral que exijo, en ciertos casos, de “la mía”. Mi objetivo, al presentar estas tesis, es seleccionar, entre “los individualistas de nuestro camino”, algunos amigos o compañeros cuyo punto de vista sobre este tema coincida con el mío. Como se puede pactar en cuanto a la duración de la experiencia – ausencia de capricho o fantasía en materia contractual – la necesidad de reparación o indemnización en caso de daño causado o privación infligida al copartícipe por la ruptura repentina de el compromiso – de la fidelidad a la palabra dada – de la primacía de la afirmación psicológica sobre la apariencia externa – de la eliminación del “demasiado malo para ti” en las relaciones afectivas – de la práctica del “igual equilibrio” en realizaciones polifílicas1… No estoy tratando de convertir a quienes no comparten estas tesis.

Sin embargo, me gustaría responder a Enzo Martucci a fondo. Cuando hacemos un contrato, cuando sellamos un acuerdo, no estamos solos, somos dos, somos muchos, dando cuenta confiado, habiendo confiado en los términos del pacto, en los términos del acuerdo. Si no puedo romper el contrato, ¿dónde está mi libertad? pregunta mi corresponsal. ¿Ha pensado en la libertad del o los que se oponen a la rescisión del contrato, libertad equivalente a la del rompedor? Si, a pesar de sí mismo o de sí mismos, el rompedor impone la ruptura, actúa como un arquista y no vale la pena hablar en contra de la restricción estatal para actuar como lo hace el estado. Cuando están en juego cuestiones emocionales y sentimentales, ¿no actúa el rompedor como un sádico, despreocupado de hacer sufrir a su compañero o socios, viéndolos como masoquistas pisoteados, humillados y aceptándolo con alegría? El o los que se ven obligados a romper también pueden reclamar la libertad de patear. Discutamos todo lo que queramos, quien, en este ámbito, inflige a su compañero o compañeros una ruptura, una separación a la que es hostil, al contrario, actúa como autoritario cuando no como torturador.

Tu libertad, oh Enzo Martucci, la preservas no celebrando ningún contrato, no jurando ningún pacto, no haciendo ninguna prórroga. Eso es lo justo y lo correcto. Aquellos que piensan como nosotros te dan solo un compañerismo de ideas y todo termina ahí.

A lo que nos oponemos fuertemente es a que para obtener beneficio momentáneo, un beneficio pasajero, nos dirijamos a quien o a quienes valoran lo duradero, lo cierto, lo asegurado, lo permanente, la constancia, etc. – ya sea que les ofrezcamos amistad o relaciones de un tipo u otro, cuando sabemos muy bien que no podremos ser para ellos lo que ellos quieren o esperan que usted sea. Es de mala fe decirlo suavemente.

Como expliqué en nuestra última entrega, la tesis que proponemos es que la promesa no deja de surtir efecto hasta que el o aquellos a quienes se hizo liberan de su compromiso al o a los que se lo han prometido. Por otra parte, cuando se trata de compañeros o amigos dispuestos a hacer concesiones mutuas, negándose a imponer a sus compañeros un sufrimiento inmerecido o un dolor infundado, la cuestión ni siquiera surge, se resuelve de manera amistosa. Resta quien rompe la promesa libremente concedida o destruye la armonía asociativa sin preocuparse por el daño que causa. Si sus víctimas reaccionan de manera desagradable para él, si no quieren jugar a los masoquistas, si a su vez disculpan su egoísmo, solo tendrá que culparse a sí mismo.

L’Unique n°15
Noviembre 1946

1Poliamor. (Nota de Traducción)

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