Unicidad y Finitud (por Scepticus)

Unicidad y Finitud
(por Scepticus)

Es paradójico que la gente no comprenda sistemáticamente lo que Stirner quiso decir al referirse al individuo como “único”. Estamos familiarizados con el predicado “unicidad” de uno mismo, ya que -si uno reconoce con franqueza la independencia de otras entidades vivientes- una DE ELLAS renuncia automáticamente a cualquier base para caracterizarse a sí mismo como incomparable.

Único simplemente significa que solo hay UN ser en todo el universo que está formulando estos pensamientos y comunicándolos transformándolos al papel. Dado que la palabra única significa tanto “solo” como “inconmensurable”, no puede haber objeciones válidas para describir CUALQUIER criatura como única. A pesar de que parezca muy SIMILAR, anatómica y psicológicamente, a miles de otros. Después de todo, la similitud y la identidad NO son sinónimos.

La experiencia de nuestra propia singularidad no está necesariamente acompañada de sentimientos de arrogancia o, para ir más allá, de megalomanía. Si digo “soy único”, no me estoy comparando con los demás y afirmando que soy superior, simplemente uso una palabra conveniente para hablar de Mí. La palabra “único” se utiliza, sin duda, en un sentido atributivo, pero también (simultáneamente) se emplea en un sentido puramente descriptivo.

Que seamos finitos significa, para muchas personas, que de alguna manera es inapropiado llamarnos “únicos”. Sostienen que sólo somos criaturas perecederas, “representantes de la Humanidad” que debemos aceptar dócilmente nuestra insignificancia y “lugar en el mundo”. Pero si mi vida es algo que cesará por completo en algún momento, esto no destruye ni disminuye en modo alguno mi absoluta singularidad. Después de todo, lo que determina el “valor” (experiencial, egoísta) de una existencia no es su duración sino su contenido. Por lo tanto, es bastante correcto que digamos “Yo soy el Único”, porque esto es, bastante APARTADO de cualquier especulación filosófica, una afirmación indiscutiblemente cierta. Todavía tengo que conocer a MI “Doppelgänger[1]“.

Hay mucha gente que está deprimida al pensar en su inevitable desaparición. Estas personas a menudo dan su lealtad a algún sistema religioso, que les promete la inmortalidad personal. (Esto, se nos dice, es un “deseo espiritual natural”, no “egoísmo”). En contra de esto, el que se mira a sí mismo consciente afirma su mortalidad, no se molesta ni se avergüenza de ella, y se da cuenta de que su “insignificancia cósmica” es solo una frase usada por otros para intimidarlo. El significado que poseo es asunto mío, ya que los demás solo hablan desde afuera, no son co-inquilinos de mi cráneo y mi cuerpo mortal.

Nacemos en compañía de hombres y somos moldeados por ellos antes de que apreciemos la violación intelectual que está ocurriendo, conocida como el “proceso de educación”. Se nos dice que la poca dignidad que poseemos proviene de la “Humanidad”, y que es nuestro deber perpetuar la especie y ceder siempre al juicio de nuestros semejantes. Nuestra vida no es nuestra, ya que no somos sino los receptáculos del “espíritu del Hombre”. No debemos cuestionar el andamiaje conceptual sobre el que descansa la sociedad humana, ya que éste es el tipo de deslealtad e ingratitud más despreciable y suprema. De manera similar, debemos mantener una reverencia incondicional por la “vida” – si, por ejemplo, vemos una película que muestra un pabellón geriátrico y vemos a algunas pobres criaturas viejas que se mantienen vivas (y sufriendo) por la despiadada “compasión” de doctores con conciencias exigentes, no debemos cuestionar eso, dado que desconectar esas máquinas, (se nos dice) constituiría un “asesinato de seres humanos”. Y aquel que está en la cama, ese ego – ¿se consultan sus deseos al respecto? Nada de eso: el “hombre” debe resistir, sea cual sea el elevado precio pagado por las pobres víctimas de los sacrificios en cuestión.

Entonces la red de generalidades y categorizaciones desciende, se estrecha – en una “democracia liberal” no menos que una “dictadura”. Los revolucionarios se sacrifican por “la causa”, los reaccionarios resisten, y el egoísta consciente sonríe, contento con dejar los ideales-fetichistas que le proporcionan entretenimiento barato. Él sabe que no tiene ninguna obligación ni con él mismo ni con nadie más de existir, de convertirse en una máquina de cría, etc., y, si encuentra que la vida no es de su agrado, no ve divinidad en su seno que deba ser celosamente preservada hasta que la “Naturaleza” le permita “deshacerse de esta envoltura mortal”. La insoportable gravedad de la mayoría de los “ciudadanos sólidos” no le afecta, y nadie lo aprisiona en la cárcel de las generalidades, el Alcatraz de las abstracciones.

De Minus One #36
1975


[1] Del alemán. Se usa para definir el doble fantasmagórico o sosías (persona que tiene mucho parecido o similitud con otra) malvado de una persona viva. La palabra proviene de doppel, que significa «doble» y gänger: «andante». El término se utiliza para designar a cualquier doble de una persona, comúnmente en referencia al “gemelo malvado” o al fenómeno de la bilocación (término utilizado para describir un fenómeno paranormal en el cuál un objeto o persona está ubicado en dos lugares diferentes al mismo tiempo) – Nota de Traducción.

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